31 oct. 2013

Internet: nuevo ámbito para aumentar las prestaciones de los servicios bibliotecarios móviles

Las bibliotecas móviles cuentan con la Red para incrementar su eficiencia ofreciendo más y mejores servicios. La generalización del acceso a Internet, incluso en zonas rurales, permite establecer una comunicación más continuada con los usuarios, a quienes se les ofrecen nuevas posibilidades de visibilidad, además de reforzar los lazos entre los integrantes de la comunidad.
¿Qué hace un técnico de una biblioteca pública planteando a los técnicos de bibliotecas móviles las posibilidades y ventajas que ofrece Internet? Quizá a algunos la respuesta les parecerá obvia, pero he de confesar que yo mismo me planteé esta pregunta cuando se me invitó a participar en este 6º Congreso Nacional de Bibliotecas Móviles. Con más de veinte años de experiencia a mis espaldas en una biblioteca pública, no tenía dudas sobre la oportunidad que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación brindan a los servicios bibliotecarios estables. Pero he de reconocer mis titubeos en torno sus posibilidades en los servicios bibliotecarios móviles, en los que jamás he trabajado y ni siquiera he conocido como usuario. Así que tuve que encararme a la definición de la biblioteca móvil “como un servicio público de extensión bibliotecaria incluido en una unidad administrativa que, mediante una colección organizada y procesada de documentos, gestionada por personal capacitado y suficiente, con la ayuda de medios técnicos y materiales precisos y el apoyo de la base central de la que procede, se vale de un medio de transporte, de tracción propia o remolcado, para acceder físicamente, de forma planificada, predeterminada, periódica y publicitada, a lugares o grupos sociales ajenos a una prestación bibliotecaria estable, con el objetivo de hacerles partícipes de los beneficios de la biblioteca pública [es decir] de acceso a la información, apoyo a la formación y la dinamización del ocio cultural, sin ningún tipo de discriminación y de forma gratuita” (Soto Arranz, 2001:19).  
Tan extensa y precisa definición despejó mis dudas al respecto, por cuanto dibuja la estrechísima relación que ha de existir entre la biblioteca móvil y la pública, de la que no es más que un servicio de extensión destinado a aquellos lugares o grupos sociales sin dotación estable, sin ninguna diferencia entre sus prestaciones más allá de los medios técnicos y materiales precisos para cumplir su papel. Y no cabe duda de que las novísimas tecnologías de la información y la comunicación son herramientas imprescindibles para acceder a ese universo abierto que es la red de redes, que no sólo ya resulta necesaria para atender los compromisos de la biblioteca pública, sino que es absolutamente imprescindible para el cumplimento del cometido de las bibliotecas móviles, toda vez que es el ámbito ideal para la comunicación de los diferentes puntos de servicio en desplazamiento con su centro matriz y entre ellos mismos, la intercomunicación de su personal y su relación misma con los usuarios. Si es cierto que “la Biblioteca Móvil ya no es el pariente pobre del servicio de biblioteca, sino que es una parte más, y perfectamente integrada, de cada sistema bibliotecario” (Pautas, 2010:65), no deben existir razones de suficiente peso para mantener los bibliobuses ajenos a Internet.
Apreciación histórica 
Antaño, las dificultades de acceso a la lectura e incluso el popular menosprecio del libro se solventaron con el envío de maletas viajeras y la creación de agencias de lectura, puntos de préstamo gestionados por un voluntario que en la mayoría de los casos carecía del bagaje técnico imprescindible. Surgió así el fenómeno conocido entonces como biblioteca circulante o, mejor aún, biblioteca agresiva, que algún autor calificó como “avanzada del progreso en la lucha contra la ignorancia y los vicios” (Cónsole, 1943:73-74). Por circunscribirnos a España, de todos debe ser conocida la experiencia de la Biblioteca Popular Circulante del concejo de Castropol (Asturias), materializada en 1922, que tras las vicisitudes atravesadas durante la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y la Guerra Civil, acabó bajo la tutela del Centro Coordinador de Bibliotecas de la Diputación Provincial y reabrió sus puertas en 1945 como Biblioteca Menéndez Pelayo, si bien no recuperó su carácter circulante hasta 2003 (Busto Fidalgo, 2010). En fecha ya tan lejana como 1914 el ingeniero Guillermo Brockmann daba cuenta a sus colegas de la existencia en Estados Unidos y las Islas Británicas de bibliotecas circulantes para uso de los torreros de faros y sus familias, “obligados a residir en los faros, muchos de ellos sin otro medio de comunicación con los lugares habitados que el mantenido oficialmente para su abastecimiento”. Aunque no será hasta 1949 se institucionalice de forma práctica la puesta en marcha de bibliotecas viajeras en la provincia de Soria, ejemplo que sería imitado por otros Centros Coordinadores (García Ejarque, 2000:299). Empero, y pese al esfuerzo de los profesionales, el servicio de estas bibliotecas viajeras y las agencias de lectura repartidas por el territorio nacional nunca resultó verdaderamente eficaz y en muchos casos fue degenerando por falta de la debida atención, hasta incluso su desaparición. Tampoco resultaron muy afortunados los primeros intentos por establecer servicios de bibliobús ya en los primeros años de la década de los 50. Pese a inspirarse en el modelo estadounidense, los vehículos en realidad eran meros remolques sin freno que difícilmente podían circular por las carreteras rurales de la época), por lo que su operatividad técnica era sumamente escasa. No será hasta la década de los años 70 cuando finalmente se comience a crear un mínimo parque de vehículos autopropulsados capacitados para el servicio de bibliobús (Arana Palacios y Oraso Val, 1986:95-97). Con las dificultades y carencias de todos conocidas —en los años 80 se cifraba en 2.000 millones de pesetas la inversión precisa para constituir y mantener la flota de cerca de 400 bibliobuses que se estimaban entonces necesarios (Carrión Gútiez, 1993:490) —, existen hoy en España 85 bibliobuses de diferentes titularidades que, con sus recorridos, trazan un complejo entramado de puntos de servicio a lo largo de gran parte de nuestro territorio.
Autor: Rafael Ibáñez Hernández (Biblioteca Municipal de Burgos).
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