28/10/2011

Las primeras bibliotecas de Roma

Bibliothecae et apud Graecos et apud nos tam librorum magnus per se numerus, quam locus ipse, in quo libri collocati sunt, appellatur (Sextus Pompeius Festus, De verborum significatione, s. v. «bibliothecae»). Antes ya del Alto Imperio, en tiempos de la República, se produjo un hecho que tuvo una gran importancia para el arraigo de la idea de biblioteca en Roma: la llegada a la Urbs de colecciones enteras de libros griegos en concepto de botín de guerra. Desde el siglo II a.C. los gobernadores y generales romanos retornaban de Oriente no sólo con obras de arte, oro y plata, sino también con esclavos altamente cualificados, rehenes de élite (un Polibio), y rollos y rollos de papiro que, en el grado superlativo de la biblioteca de Alejandría, conservaban la «memoria del mundo Se trataba, en efecto, de libros en forma de rollo, que el helenismo perpetuaba como tradición milenaria heredada del Egipto faraónico. Eran, y seguirían siendo durante mucho tiempo, los siglos hegemónicos del volumen, de la lectura en voz alta, del libro para el otium -la lectura recreativa, que diría G. Cavallo- los siglos de la identificación del formato en rollo con el liber, con el libro por antonomasia, al extremo de que se acuñaran expresiones como evolvere librum o evolvere auctores, o hasta el punto de que Plinio el Joven llamase por las buenas volumen a su Panegírico de Trajano (Ep., 3, 18, 1). Años y más años de civilización romana durante los cuales el codex llevará una existencia más humilde, aunque no menos extendida, como cuaderno de escuela, libreta de apuntes y prontuario de uso técnico y profesional.

La época republicana

En los años de tránsito de la tercera a la segunda centuria a.C. los hombres del Lacio y sus aliados itálicos comenzaron a familiarizarse con la cultura griega, la cual conocía ya verdaderos libros y verdaderas prácticas de lectura, y también verdaderas bibliotecas, con una tradición arquitectónica propia, diferenciada del archivo. En un periodo como aquél, en el llamado siglo de los Escipiones, de cambios y vacilaciones, de expansión y conquista, los antiguos libri lintei del saber sacramental y las tabulae de la tradición jurídica tenían que hacer sitio a los grafismos vertiginosos y desenvueltos del Oriente, a los escribanos y grafómanos, a las nuevas «autopistas de la información» facilitadas por el papiro, el cálamo, la tinta, el juego de capitales y cursivas, amén del griego, la lengua franca sin discusión. Y todo ello pese a los misoneístas y recalcitrantes de siempre, hombres como Catón el Censor, quien seguía escribiendo las notas de sus discursos en tablillas y hacía ascos a los títulos de importación. De Catón el Viejo a Marco Tulio Cicerón Roma iba a experimentar grandes transformaciones, hasta el punto de incorporarse de lleno a los circuitos económicos y literarios del helenismo, incluido el fenómeno socio-cultural de la aparición de un público lector. Casi nada. La diferencia cualitativa en las orientaciones lectoras se puede medir sin mayores dificultades dentro de la misma familia de los Porcios. Catón de Utica se despide de la vida con el Fedón en las manos, diálogo sobre la inmortalidad del alma a guisa de viático para un hombre empapado de helenismo (Plu., Cat. Min. 68, 2 y ss. ). Un aristócrata romano de querencias estoicas que, antes de suicidarse, se recoge a leer en la intimidad de su casa -ante «el silencio de la escritura », contrasta en gran medida con la imagen de un Sócrates, el filósofo ateniense que en el Fedón y en el Critón había preferido dialogar con sus discípulos antes de beber la cicuta: he ahí un símbolo del cambio de actitudes ante la palabra hablada y la palabra escrita en el mundo grecorromano, desde comienzos de la cuarta centuria hasta el siglo I a.C. La figura de Catón de Utica resulta doblemente representativa de los nuevos tiempos, ya que él mismo era frecuentador de colecciones privadas, como aquella que Marco Licinio Lúculo poseía en Túsculo, formada con el valioso legado que su padre Lucio había constituido con los despojos pónticos de la tercera guerra mitridática (Cic., De fin., 3, 7; Plu., Luc. 42). La avidez de la lectura, la auiditas legendi, dominaba a Catón hasta el punto de llevarse los volúmenes al mismísimo senado, donde los devoraba mientras aguardaba el comienzo de las sesiones (Cic., loc. cit.). Esta «última generación de la República» nos llega otra noticia relacionada con los cambios cuantitativos del público lector, a saber, la ampliación del número de personas capaces de acceder a ciertos géneros y títulos. Cicerón, lector compulsivo, como Catón, y grafómano incurable, como Varrón, nos refiere que algunos individuos de condición social modesta, caso de los artesanos, se apasionaban con la historia. Al decir del orador, tales clases de personas leían o escuchaban libros de historia por voluptas, es decir, por el mero placer de la lectura, no por la utilitas que pudiera extraerse de dicho género; utilidad formativa que en definitiva se suponía había de ser la meta apetecida por todo lector con posibilidades de seguir la carrera política. No sería de extrañar, por consiguiente, que autores como César o Cornelio Nepote llegasen a grupos de lectores mucho más amplios que los representados por la élite de escritores y hombres cultos a la que ellos mismos pertenecían: los círculos rectores tradicionales de la sociedad romana, el ordo senatorius y el ordo equester. A juzgar por las manifestaciones de Ovidio, un poeta del periodo augusteo podía albergar la esperanza de llegar a «ser leído por el pueblo llano» (Tr. 1, 1, 88). A finales del siglo I, Marcial lo daba por hecho (Ep. 12, 2). Quien dice Lúculo, dice Sila, o dice Emilio Paulo, por no hablar antes de los Escipiones: todos ellos, en mayor o menor medida, retornaron de Oriente cargados de volumina con los que hicieron célebres sus colecciones particulares. En particular, el traslado a Roma de la biblioteca del rey Perseo de Macedonia, vencido en Pidna (168 a.C.), debió de constituir un auténtico hito en la historia de la biblioteconomía latina. Pues con esas formas librarias llegaban también saberes y técnicas del mundo helenístico en cuanto a comercio librero, práctica editorial (amanuense y editora) y organización bibliotecaria, en concreto, la biblioteconomía peripatética, la alejandrina, la pergamena, etc., un conjunto de experiencias inextricablemente unidas a la filología alejandrina que los romanos incorporaron a su quehacer de bibliófilos y que asimismo aplicaron a la hora de seleccionar, copiar, catalogar y conservar sus fondos en lengua latina. Es el caso de Ciceron y su hermano Quinto, aquél con la inestimable ayuda de Tirón, su secretario, o incluso con el asesoramiento técnico de los librarii griegos que le enviaba su gran amigo Tito Pomponio Ático de su propia casa es asimismo el caso de Catón y de Marco Terencio Varrón, y de otros nombres que no nos han llegado en las fuentes.

El final de la República y el Alto Imperio

Podemos representarnos el aspecto y la evolución de estas colecciones particulares, desde fines de la República al periodo julio-claudio, basándonos en los restos arquitectónicos exhumados en la llamada Villa de los Papiros, en Herculano. La mansión fue descubierta a mediados del siglo XVIII por el aragonés Roque Joaquín de Alcubierre, ingeniero militar y director de las excavaciones de Pompeya, Herculano y Estabias, realizadas por orden de Carlos III, entonces rey de las Dos Sicilias. Aunque subsistan algunas dudas al respecto, parece que esta lujosa residencia había sido en su día propiedad nada menos que del suegro de César, Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, cónsul y censor (en 58, 50 a.C.), personaje abierto al helenismo que había tomado bajo su protección al epicúreo Filodemo de Gadara. Estas preferencias y afinidades explican no sólo que una gran parte de los fondos bibliográficos de la colección consista en títulos del citado filósofo, sino también la particularidad arquitectónica de que la zona de entrada de la villa, en torno a un pequeño peristilo, se configure según el modelo helenístico del gimnasio. Debía de ser en esa ala de la casa (con el tablinum incluido, o sala de recepción), donde en armarios de pared se guardaban los libros, y donde señores y huéspedes se entregaban al placer de la lectura. Como no podía ser de otra manera, los restos carbonizados de papiros incluyen asimismo textos en lengua latina, o dicho con otras palabras, los Pisones habían ido adquiriendo y habían mandado copiar obras de autores romanos, haciendo así gala del bilingüismo cultural de la alta sociedad de la época, pero también de una concepción biblioteconómica dualista que ya estaba vigente desde la generación de Cicerón y su hermano Quinto. Si de buena sociedad se trataba, tampoco Trimalción deseaba quedarse atrás en el acopio de libros, de donde su hinchazón y desatino de nuevo rico: et ne me putes studia fastiditum, tres bybliothecas habeo, unam Graecam, alteram Latinam. La verdad es que la figura de Trimalción recuerda a la de un personaje medio de Rabelais, medio de Molière, si se quiere entre Pantagruel y Monsieur Jourdain, y por ello mismo la referencia de autoridad se nos va en su caso a Thorstein Veblen. El antropólogo americano hablaría aquí con toda pertinencia de ocio y consumo ostensibles, de canón imperativo en lo tocante a los bienes improductivos y honorables (el otium cum dignitate); nosotros precisaríamos que en el marco de una sociología de contrastes y tensiones más o menos soterradas: aristocratismo, jerarquización y refinamiento, por un lado, en relación dialéctica con los empujes de la movilidad social alto-imperial (homines novi), y todo ello sobre un sustrato de primitivismo y barbarie que jamás se borra en la civilización antigua. Al igual que hoy ironizamos con aquellos que encargan a su decorador tantos metros de librería, también Séneca afilaba su pluma contra la moda de adornar comedores y salones con estanterías de lujo, repletas de volúmenes hasta los techos, pero que el dueño de la casa no llegaba a mirar más allá de los títulos Tampoco el bueno de Trimalción debía de tener muy leídos los rollos de sus «tres bibliotecas», griega y latina, a juzgar por sus ideas sobre el desarrollo de la guerra de Troya. Pero no generalicemos a partir de las sátiras. Las ciudades desaparecidas bajo la erupción del Vesubio han proporcionado datos preciosos, por su completitud y coherencia, sobre la vida cotidiana durante las dos primeras dinastías del Alto Imperio, los Julio-Claudios y los Flavios. Estamos en el año 79 d.C., y precisamente sobre nuestro tema de estudio nos ilustra a las mil maravillas la conocida pintura mural de Publio Paquio Próculo, en Pompeya, que hoy se conserva en el Museo de Nápoles: representa a un prócer local y a su esposa, él cogiendo un rollo de papiro, y ella exhibiendo el estilo (stilus, graphium) y las tablillas de cera para escribir (tabulae/tabellae ceratae). Por demás, delicioso es el retrato de la joven que con una mano sostiene un codex, mientras con la otra se lleva el estilo a la boca en ademán pensativo. Otros frescos pompeyanos abundan en parecidos temas librarios y escriptorios, como si los munícipes itálicos quisiesen dejar patente su completa identificación con las corrientes culturales del saeculum aureum: además del punzón, del papiro y de las tablas enceradas, vemos otros materiales escriptorios de uso corriente, como el cálamo (calamus), el tintero (atramentarium), el raspador (rasorium, novacula), la caja cilíndrica para guardar los textos (capsa, scrinium), la etiqueta identificativa del rollo (titulus, index), la silla de lectura, etc. Y por si cupiesen dudas sobre el realismo o la credibilidad de estas escenas, los objetos recuperados en el curso de las excavaciones demuestran que la realidad corría pareja a las temáticas pictóricas, y que los ambientes napolitanos del otium y el negotium precisaban a la sazón de todas las artes gráficas disponibles. Esto se hace evidente no sólo por la aparición de algún estuche de plumín (theca calamaria) y de algún tintero de barro cocido, sino también porque ya desde 1875 tenemos a nuestra disposición más de 125 tablillas del banquero pompeyano Lucio Cecilio Jucundo, casi todas ellas recibos de operaciones mercantiles y financieras, tan bien estudiadas por J. Andreau en Les affaires de Monsieur Jucundus (Roma 1974). Todavía más: junto a las estancias de lectura ya supuestas para la Casa de Menandro y la Casa de Pansa, en los últimos años se ha identificado otra pequeña biblioteca privada dentro de una de las domus de la insula occidentalis de Pompeya. Bien acicalados y mejor ataviados, estos romanos de los frescos pompeyanos nos recuerdan por su elegante compostura de lectores a Le philosophe lisant de Chardin, revestido para el acto ceremonial de la lectura, y cuya estampa ha inspirado unas páginas apasionadas a George Steiner. La aristocracia senatorial, que había entrado en crisis, cultivaba en sus villas campestres un ocio que tenía mucho de escapismo del presente y de los negocios de estado (res publica), lejos de la capital, de su estrés, de sus frustraciones políticas: «la finca de Túsculo me agrada tanto que sólo me encuentro a gusto conmigo mismo cuando voy allí». No sería exagerado decir que entre aquellos nobles el filohelenismo, con sus maestros y apóstoles, sus devociones y escenografías, tenía algo de rito y celebración nostálgica a la vez. El malestar de la política no era entonces el malestar de la cultura, sino la excusa para una gozosa liturgia de las artes y las letras. Cuando un romano culto se sentaba a los pies de una estatua de Platón o de Aristóteles para filosofar o para recitar a los poetas, vestía incluso el manto y las sandalias griegas, y se hacía coronar. En los convites que daba Atico en su casa no faltaba el lector (anagnostes), «la cosa que sin duda estimamos más gozosa» (Nep., Att. 14, 1). Obviamente, se buscaba que la atmósfera de cada uno de estos retiros fuese lo más acorde a la circunstancia espiritual: en la villa de los Pisones las inquietudes librescas de los sucesivos dueños iban pariguales a sus gustos artísticos, y de ahí la concepción arquitectónica de la casa como gimnasio (los ornamenta gymnasiode de la villa ciceroniana de Túsculo: Cic., Att. 1, 6, 2); y de ahí también la colección de esculturas griegas que animaban sus salas, de igual forma que en otros palacetes la pinacoteca coexistía con la biblioteca. Espacios de intimidad libres y relajados, opuestos incluso a los valores oficiales de la Roma julioclaudia; duplicidad de lengua y duplicidad de moral, lujo e hipocresía, gasto ostensible de productos culturales por parte de aristócratas y nuevos ricos, y hasta quizá alguna pizca de esnobismo, todo ello tiñendo una sociedad cada vez más refinada y más compleja. En una civilización progresivamente alfabetizada como aquélla, beneficiada de la pax Augusta, no sólo los órdenes superiores (senadores, caballeros, decuriones), sino también los grupos plebeyos de mediano status se convertían en compradores y lectores potenciales, dejando por doquier huellas de escritura, cuando no de bibliofilia. Las fuentes arqueológicas ratifican esos botones de muestra itálicos a los que nos hemos referido: amén de numerosas figuras de bulto redondo, los relieves de sarcófagos y las lápidas sepulcrales desarrollan iconografías librarías y escriptorias, en relación más o menos directa con los difuntos. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿cuál era el porcentaje de lectores? e inevitablemente también, como siempre que nos interrogamos sobre cuestiones numéricas en Oriente, Grecia o Roma, nos viene a la memoria la «ignominiosa verdad» de A. H. Jones, a saber, que para el mundo antiguo carecemos de estadísticas. Más no desmayemos. Cabe aún contestar en los términos relativos de Erich Auerbach: «ni millones, ni tampoco centenares de miles, tal vez apenas algo más de unas decenas de miles en los mejores tiempos». Ciertamente estas gentes consumidoras de libros no pasaron nunca de ser una minoría, una sociedad libresca limitada, pero.. ¡Quién se la diera a otros siglos y culturas! Como quiera que fuese, la consolidación de un público lector a escala importante tenía que traer consigo la aparición de una nueva institución estatal, la biblioteca pública. Huelga explicar por qué razón la institución oficial hubo de esperar más tiempo que la privada para hacerse realidad en la historia de Roma. La biblioteca pública iba a ser en la práctica una hija póstuma del régimen republicano. A este respecto no deja de ser elocuente que la nobilitas senatorial hiciese bien poca cosa por cubrir este servicio al público lector normal y corriente, y que fuese un hombre más próximo al pueblo y a la monarquía que al senado, Cayo Julio César, el que sentase los cimientos de la nueva política cultural. Fue al mencionado Varrón, reputado bibliófilo y adelantado biblioteconomista con sus De bibliothecis libri III, al que César se ganó para dirigir aquella primera biblioteca pública de la capital que el dictador había proyectado y que su asesinato impidió llevar a buen término: «abrir al público -recuerda Suetonio (Caes. 44, 2)- el mayor número posible de bibliotecas griegas y latinas, para lo cual encomendó a Marco Varrón que cuidara de la compra y clasificación de los libros». El dictador era un buen conocedor del Oriente helenístico, y no sería de extrañar que su estancia en Alejandría dejase en él, entre otros gratos recuerdos, el de su gran biblioteca, modelo y acicate para su iniciativa en la Urbe. La inspiración alejandrina ha sido apuntada de manera reiterada en la investigación, pero al mismo tiempo creemos conveniente destacar la singular circunstancia romana en la que debería tomar cuerpo el proyecto cesariano, y no sólo por inscribirse de manera coherente en el programa arquitectónico del fórum Iulium, sino también, y sobre todo, porque la función archivística no abandonará de buenas a primeras a la idea de biblioteca. En efecto, un amigo del conquistador de las Galias, y gran amante de la historia, Asinio Polión, sería el que en 39 a.C. hiciese realidad el proyecto cesariano en el llamando atrium Libertatis, que él restauró, cerca de la Curia. Muy poco sabemos de este primer templo de la lectura, cuyos tesoros al parecer se repartían en dos secciones, en perfecta consonancia con la acreditada tradición bilingüe de la Roma cultivada: textos latinos, por un lado, y textos griegos, por otro. Como escribió un moderno simpatizante del viejo e irreductible senador, «Polión siempre rindió homenaje a Libertas, y la literatura significaba para él más que la guerra y que la política». Con todo, es probable que esta primera biblioteca incluyese todavía un archivo público, herencia del tabularium de época republicana, ubicado precisamente en el Atrio, y en esto sentido apuntarían dos epígrafes de época imperial. Siglos después, Isidoro de Sevilla iba a compendiar las líneas maestras de esta evolución en las Etimologías: «El primero que introdujo en Roma gran cantidad de libros fue Emilio Paulo, después de la derrota de Perseo, rey de los macedonios; después de él, Lúculo, como parte del botín del Ponto. Más tarde César confió a Marco Varrón el encargo de organizar una gran biblioteca. Sin embargo, Polión fue el primero que abrió en Roma una biblioteca pública (bibliothecas publicavit), integrada por obras tanto griegas como latinas; las imágenes de muchos escritores aparecían expuestas en su atrio, que había adornado con la mayor magnificencia con obras procedentes de compras de botines». Augusto no podía ser menos y, en efecto, no se dejó eclipsar en el terreno de la munificencia, o por decirlo con el término propio de su reinado, la publica magnificentia. El Príncipe fundó dos bibliotecas de libre acceso, ambas bilingües: una en el Pórtico de Octavia (Suet., Gramm. 21, 3), la bibliotheca Octaviae (o bibliotheca porticus Octaviae), consagrada con posterioridad al 23 d.C. y destruida en el incendio del 180 (D.C. 66, 24, 2); y otra sobre la colina del Palatino, en 28 d.C., que iba a mantenerse en pie hasta la época de Constantino (Suet., Aug. 29, 3; Ov., Tr. 3, 1, 71-72; D.C. 53, 1, 3). Era de esperar que también ahora un díptico sirviese de módulo constructivo para la organización del edificio palatino, la bibliotheca ad Apollonis, anexa al deslumbrante templo de Apolo: dos salas de lectura y depositio librorum, absidales y contiguas, se repartían ambas colecciones (griega y latina) y se abrían a un pórtico exterior, para pasear y entretenerse con los textos; en su interior nichos de pared al uso acogían los armarios para guardar los volúmenes, entre estatuas de renombrados poetas y oradores, revestidos de armadura. Señalemos que la novedad de la concepción arquitectónica romana radicaba en que depósito de volúmenes y sala de lectura se fundían en un solo ambiente, al contrario del modelo helenístico (alejandrino), donde ambos espacios estaban nítidamente separados. Si entre los Ptolomeos el director de la biblioteca de Alejandría era ex officio el preceptor del príncipe heredero, se diría que el césar se acordó del precedente cuando encomendó la educación de sus queridísimos nietos, Cayo y Lucio, a un auténtico connaisseur en materia de bibliografía, M. Verrio Flaco (Suet., Gramm. 17). Seguro que este preceptor tuvo a su disposición a los dos bibliotecarios jefes del centro palatino, el gramático Pompeyo Macro (Suet., Caes. 56, 7) y Cayo Julio Higinio (Suet., Gramm. 20). Este último era un liberto imperial de origen hispano, pero no por casualidad con una clara conexión alejandrina32. Por lo demás, la biblioteca octa-viana nos ha dejado el recuerdo de varios de sus bibliotecarios y administradores en forma de inscripciones funerarias (CIL VI, 2347-2349, 4431-4435, 5192). Mencionemos a Filoxeno Juliano (CIL, VI, 2348), vinculado a la sección griega, y a otro responsable en la sección latina, Himno Aureliano (CIL, VI, 2347): Decurio / Hymnus / Aurelianus / a bybliothece / latina Porticus / Octaviae / vilicus. Su primer bibliotecario jefe parece que fue Cayo Meliso (Suet., Gramm. 21), liberto de Mecenas y conocido gramático, el cual también supo ganarse la confianza de Augusto. Como en tantas otras cosas, el fundador del Principado marcó la pauta en lo tocante a evergetismo cultural, sobre todo en Roma, que cumplía así las funciones de «una villa para el pueblo »; pero también en lo tocante a canonización o censura de los autores, ya que las bibliotecas imperiales admitían o rechazaban las obras no sólo atendiendo a criterios literarios y filológicos, sino también morales y políticos. Como es bien sabido, Ovidio fue el caso más célebre de caída en desgracia bajo Augusto. Sus sucesores continuarán esta labor de atención al público lector, sin bajar la guardia frente a los autores considerados peligrosos o políticamente incorrectos. Era la cara y cruz de la moneda. Se sabe que Tiberio fundó al menos dos bibliotecas en Roma, una junto al templo de Divo Augusto (bibliotheca templi divi Augusti), que siguió en funcionamiento hasta el siglo IV, y otra en el interior de su propio palacio, la bibliotheca domus Tiberiana, cuyos fondos atacados por sucesivos incendios aún podían ser consultados en el reinado de Majencio. Su pasión por algunos poetas griegos de segunda fila le llevó al extremo de ordenar la colocación de sus bustos en las bibliotecas públicas, junto a los de los grandes clásicos (Suet., Tib. 70, 2). Todo ello no fue óbice para que el cesarismo del príncipe se cebase en la creación literaria (Suet., Tib. 61, 3), ni para que bajo su reinado se incoase proceso de lesa majestad contra A. Cremucio Cordo, por ciertos «asertos audaces» hallados en sus trabajos de historia: un senadoconsulto ordenó la cremación de todas sus obras, en Roma por los ediles y en las restantes ciudades del imperio por los magistrados competentes. Noticias como éstas revisten gran interés, pues nos ponen de relieve los poderes de la administración para eliminar las obras vitandas, si no de las colecciones domésticas, sí de las bibliotecas públicas a lo largo y ancho del imperio. Entraba asimismo en la legalidad vigente que se penalizase la circulación comercial de los títulos prohibidos, como sugieren los miedos de Ovidio (Tr. 3, 1, 65 80). Calígula fue quien terminó la biblioteca del templo empezada por su predecesor (Suet., Cal. 21), pero al mismo tiempo llegó a concebir la idea, en su delirio de censor platónico, de suprimir en todas las bibliotecas imperiales los ejemplares de Homero; muy poco faltó incluso para que por añadidura Virgilio y Tito Livio corriesen la misma suerte, incluidas cuantas efigies suyas adornasen las salas de lectura (Suet., Cal. 34, 2). Todos conocemos las querencias anticuarias de Claudio, aquel emperador que en la novela de Robert Graves aparecía embebido en la consulta de viejos rollos de etruscología o de secretos anales familiares de contenido escandaloso. Todos conocemos también los aires de literato que se daba Nerón, pasto abundoso para cineastas de todo color y toda laya, que casi siempre se han recreado en scenografías julio-claudias de gestos melodramáticos y megalómanos, cuando no truculentos, con inclusión de los padecimientos de los pobres cristianos o judíos a manos del pérfido romano imperio. Pero, si separamos el grano de la paja, de todo ese anecdotario nos queda la realidad fuerte de la civilización alto-imperial, de cultura escrita y rientaciones librescas y archivísticas. Ya nos hemos acostumbrado al fenómeno insólito de que los césares no sólo estuviesen alfabetizados, sino que incluso se consagrasen a la escritura, que fuesen consultores de archivos y bibliotecas, desde Julio César y Augusto hasta el último de los Severos, por no explayarnos ahora en figuras tan increíbles como Adriano o Marco Aurelio. ¡Con un listón tan alto no es de extrañar que H. Bardon llegara a menospreciar la obra escrita de Trajano! Claro que para justipreciar esos logros, que desde luego presuponen el legado de Grecia, tendríamos que mirar hacia adelante, al tono de la vida unos siete siglos después, en pleno medievo. En el llamado «renacimiento» carolingio, casi se nos antojan patéticos los esfuerzos escolares de Carlomagno, intentando en edad avanzada dominar el arte de la escritura, luchando en vano durante sus ratos libres por plasmar algún grafismo en tablillas de las que no se separaba ni en la cama. Tanto y más era lo que se había perdido. Imperialistas y guerreros, los romanos también supieron rendir culto al poético Apolo y a las dulces Musas, y una buena prueba de ello era la costumbre que ya hemos constatado desde tiempos republicanos: la constitución o financiación de bibliotecas con los despojos de la victoria militar. Si los Pontica praeda de Lúculo y el expolio (de manubiis) ilírico de Polión habían producido en su día importantes colecciones, Vespasiano quisó dar lustre a su dinastía creando un nuevo centro bibliotecario, inserto esta vez en el complejo monumental cuya cons-trucción pudo financiar con el botín de la guerra judía y la conquista de Jerusalén. Nos referimos al templum Pacis. El primero de los Flavios dejó como prueba de su magnificencia un templo a la paz, consagrado en el 75, sin duda uno de los espacios arquitectónicos más imponentes de la Roma imperial. Dentro de este amplio recinto, que se desarrollaba en torno a un patio porticado con el templo en su cabecera, fueron habilitadas dos estancias para la conservación de fondos bibliográficos dignos de interés, griegos y latinos. Para entonces los consumidores de literatura se habían vuelto más exigentes y ya no se contentaban con el consabido canon de títulos más o menos elementales. Es ésta la razón por la cual la bibliotheca Pacis, como por lo visto era conocida, buscó una cierta especialización en escritos raros de gramáticos y anticuarios latinos (Gel. 5, 21, 9; 16, 8, 2). A este respecto, conviene poner en relación una noticia de Suetonio acerca de Tiberio con las citadas informaciones de Aulo Gelio, a fin de comprender cómo la política de adquisiciones se fue amoldando a las ampliadas demandas del público lector, en especial del más docto y curioso. Pues, en efecto, si el hijo de Livia se había preocupado aún por reunir en las bibliotecas estatales los textos de los clásicos griegos, en época flavia había ya que dar paso a obras menos conocidas, como las relativas a las antigüedades patrias: romanas, latinas, etruscas, itálicas, y así por el estilo. La dinastía de los Flavios (69-96) cierra el primer siglo del Principado. La autocracia no había dejado de aumentar desde la época de Augusto, a pesar de lo cual el saber libresco y las bibliotecas no se resintieron mayormente de ello. Ahí está Quintiliano para demostrarlo, el gran tótem de las letras latinas durante el periodo flavio, favorecido de Vespasiano, Tito y Domiciano. Los despotismos orientales (el faraónico, el asirio, el neobabilonio) habían ya puesto de manifiesto que la corte y los hombres de letras no tenían por qué ser a la fuerza incompatibles. Los Lágidas se encargaron de elevar a categoría esta alianza entre realeza y filología, entre el poder político y los custodios de la tradición escrita. Pero hay amores que matan, o por lo menos, que coartan no poco la libertad de expresión, como prueba la historia de la censura en tiempos del alto Imperio. Tácito (Ag. 2, 1) da amargo testimonio de ello por lo que se refiere al reinado de Domiciano, un emperador que por lo demás dio generosas muestras de celo bibliotecario (Suet., Dom. 20). Una paradójica lección en la historia de la civilización que quizá valga la pena no echar en saco roto.

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