5 oct. 2010

Hacia una futurología social de la Bibliotecología y Ciencia de la Información

Imaginemos el modelo de la biblioteca inserta en la sociedad futura. El azaroso sino bibliotecario no debe desdeñarse. Toda disciplina que se define como tal y que posee su propio corpus epistemológico del saber en el cual se especializa, jamás deja de pensar en el devenir. Es más, en cierta forma, aunque parezca arbitrario y paradójico, aquello que pensamos de nuestro destino como profesión condiciona el presente del quehacer cotidiano. En la actividad del hoy encriptamos, consciente o inconscientemente, esa cápsula del tiempo imprevisible que aparecerá, de una o de otra forma, en la eventualidad condicionada de lo que vendrá. Este condicionamiento de algo de por sí secreto o desconocido es el rasgo que caracteriza a una futurología racionalizada. Esto significa que, dentro de parámetros razonables, nos es dado pensar en los hechos contingentes con cierto marco de sentido común. La ciencia-ficción es un ejemplo de un género literario en prospectiva de libre creación dentro de un contexto científico y tecnológico. Entonces, las bibliotecas y los bibliotecarios también serán habitantes, más o menos identificados por sus colegas actuales, del mundo del futuro. Acaso por la sencilla razón de que nadie ni nada puede sustraerse al voraz vértigo de la sucesión de los días. El presente texto, en un sentido complementario, es la continuación o la motivación que ocasionó la lectura de un interesante Editorial que apareció en el número quince de Información, Cultura y Sociedad: «Lugares entre no-lugares», escrito por Pedro Falcato (2006). En ese caso el autor reflexionaba, recordando un concepto ya famoso de Marc Augé (1993), sobre las bibliotecas actuales y del mañana como realidades vivientes en una constelación de «no-lugares». Esto significa que, en un acontecer no muy lejano, pues ya hay suficientes pruebas de ello, el hábitat de las bibliotecas estará fuertemente condicionado por la virtualidad. Esto es, por la ausencia de la presencia física, por la sustracción y escamoteo del cuerpo en un sitio gregario denominado «sala de lectura» (¿tal vez un vocablo bibliotecológico que expresa un arcaísmo?). Nuestro nuevo usuario es y será un lector evanescente y con características fantasmales: el reflejo del otro en un correo electrónico o en una pantalla de plasma. Lo virtual, el reino espectral de la imagen, es una presencia material no-biológica: el extrañamiento y el abandono de lo natural, el olvido del estar aquí por el no estar. La otredad especular entonces colonizará el ámbito de las bibliotecas. Empero, ¿este soporífero subyugar incorpóreo de los lectores en su relación con los bibliotecarios devendrá en un dominio total? Indudablemente, no. Siempre, o al menos por mucho tiempo, existirán textos bajo distintos soportes que no se podrán digitalizar en su inmensa totalidad. Además, la necesidad de cotejar y de manipular los originales, por razones ecdóticas o comparativas, será una actividad común y necesaria, fuera del alcance de la consulta electrónica a distancia. De modo tal que, en líneas generales, no se podrá prescindir de ciertos usuarios con determinadas necesidades que apelarán a un profesional para que identifique y organice los registros culturales en un ámbito comunitario demarcado. El afluente de lectores disminuirá, sin duda, debido a la competencia inapelable de la globalización de la información (no del conocimiento) pero, no obstante, su existencia permanecerá. El lector, con una enigmática perseverancia casi divina, aunque disminuido, estará entre nosotros. En este contexto, nuestros colegas del futuro tendrán que retomar ciertas antiguas estrategias. Pues la competencia con profesionales formados en otras disciplinas vinculadas al universo de la información, fuera del campo de la Bibliotecología, puede llegar a ser una adversidad con consecuencias irreparables. Es probable que nuestro destino último sea rescatar la comunicación interpersonal. Es importante, pues, recordar una bella y nítida definición de este concepto: La comunicación interpersonal tiene lugar en forma directa entre dos o más personas físicamente próximas y en ella pueden utilizarse los cinco sentidos, con realimentación inmediata (Blake y Haroldsen, 1975:30). En el vértigo siempre mutante del mundo electrónico, los profesionales del porvenir tendrán que generar las habilidades imprescindibles que garanticen la esencia del origen moderno de la Bibliotecología: la comunicación cara a cara. No es imposible, en la actualidad, el conocimiento pormenorizado de las futuras necesidades de los usuarios. Tampoco sabemos si sus destrezas adquirirán tal grado de desarrollo que peligre, incluso, el bibliotecario tal como hoy se nos manifiesta. Pero aquello que resulta indudable es que la presencia humana en un proceso de comunicación, con la calidez que implica la proximidad corpórea y el cálido compromiso de los sentidos, es insustituible e inefable. Nuestra disciplina, en su mejor prospectiva, deberá garantizar y fomentar el diálogo cara a cara para fundar un espacio bibliotecario que supere las instancias de los no-lugares y aliente los ámbitos del si-lugar. Sin embargo, aun tenemos varias deudas pendientes. La Bibliotecología es una disciplina involucrada con las Ciencias Sociales. Arnold K. Borden la definió como un movimiento inmerso, por su trascendencia en la comunidad, en un contexto sociológico (1931). La inserción comunitaria de las bibliotecas y la variedad de segmentos sociales que emplean sus servicios les brindan, sin duda, esta fuerte tonalidad sociológica. En América Latina la realidad de estas agencias es muy particular, propia de una situación compleja, injusta y, en numerosas ocasiones, discriminatoria. Muchas bibliotecas carecen de la comprensión política de su necesidad inapelable para el desarrollo humano. Un tema tabú en nuestra profesión justamente se centra en su relación con las Ciencias Políticas. Muchos bibliotecarios nos hemos formado con el absoluto convencimiento de lo apropiado y justo de nuestra ausencia en los avatares políticos. Esta asepsia inmaculada, casi virginal, respecto del quehacer político, en definitiva, nos ha alejado de los centros neurálgicos en la toma de decisiones. Los bibliotecarios del futuro tendrán que conquistar su identidad política de participación ciudadana. Deberán hacer política para clamar por sus derechos y, fundamentalmente, por los derechos a la lectura de todos los individuos. Esta participación, tanto partidaria como no partidaria, será fundamental para que en las plataformas electorales de los distintos partidos políticos incluyan a las bibliotecas y a sus necesidades como agencias de movilidad social incuestionable. En esa búsqueda de una praxis bibliotecológica en el campo de la Política, un tópico, hasta la fecha relegado, se tornará fundamental: la necesidad de construir una nueva relación entre la ciudadanía bibliotecaria y el ejercicio del poder. Los bibliotecarios, como numerosos grupos sociales en nuestra historia, han cedido la capacidad de representación en otros sectores (Roldán, 2003), perdiendo así una posibilidad inmejorable para generar su propia identidad y la imagen que de ellos tiene la sociedad. La legación del poder es una forma de subalternizar y de disminuir la capacidad de acción de una profesión. Es el momento crítico, por ejemplo, donde el estereotipo del bibliotecario, definido por otros y no por nosotros, gana terreno e implementa un paradigma ajeno a aquello que deseamos ser pero evitamos asumir por legado político. Un tema que además se impondrá por su rotundidad en la realidad bibliotecaria futura será el universo de los usos y las manipulaciones virtuales. La civilización manuscrita e impresa ya convive con las habilidades y las pericias de los usuarios remotos en un mundo donde la estructura de las revoluciones científicas trastocan y cambian los modelos del pensamiento (Kuhn, 1996 [1962]). Los bibliotecarios venideros deberán trabajar en la migración y en la compresión del proceso que llevará de las prácticas de lectura tipográficas a las prácticas de lectura virtuales. Ese rol no es menor. Pues acaso a nuestra profesión le corresponda desempeñar un papel desconocido para otras disciplinas: conciliar y ligar la continuidad histórica de los diversos soportes de la información. Esto es, concebir un proyecto de larga duración y de empatía entre los soportes materiales y los electrónicos. En cierto sentido metafórico, pues todo resta por definirse con una identidad propia, la clave está en ese rico entrecruzamiento todavía inexplorado entre usos impresos y apropiaciones virtuales. Una clave que subyace en el sedimento del porvenir bibliotecario, y que tal vez nos represente con la misión de interpretar una nueva sociología de la lectura, la escritura y la oralidad en la esfera de la biblioteca (Ong, 1993 [1982]). Por otra parte, no obstante la globalización creciente, tanto política como económica, existen numerosas manifestaciones culturales, sobre todo locales, que intentan escapar a esta inexpresiva tabula rasa. La cultura integra un mosaico de fragmentos inmersos en una creciente modernidad (Frisby, 1992). Y la Bibliotecología necesita implementar en lo inmediato un nuevo canon filosófico, estético y epistemológico, en principio, a partir de la complejidad de sus herramientas y servicios, pues los procesos de la civilización y las formas de comprender la construcción de conocimiento (Elias, 1987; Feyerabend, 1986; Gadamer, 1984 y 1993; Warning, 1989; Chartier, 1999; Ricoeur, 2004), inequívocamente, serán fundamentales para la supervivencia y el liderazgo de varias disciplinas de las Ciencias Sociales. Estos nuevos instrumentos teóricos nos permitirán enfrentar, acaso con mayor éxito, la imperiosa necesidad de albergar «lo uno en lo diverso» (el concepto de Universidad) en el vastísimo «cosmos» bibliotecario. No constituirá una tarea menor la conciencia política de mantener ese equilibrio oscilante y delicado entre la unicidad y la multiplicidad que define a la variedad de los materiales de información. En este contexto pautado por la incertidumbre se plantea una pregunta trascendental: ¿cómo nos relacionaremos con los ciudadanos y el pueblo del futuro? Es decir, ¿cómo alentaremos y sostendremos sus demandas de servicio y de refugio espiritual? Quizás en breve llegará el momento de proyectar las necesidades de nuestros usuarios, hoy colmadas por la capacidad selvática de las nuevas tecnologías, hacia el contexto identificado por el contrapunto minimalista e íntimo de los servicios bibliotecarios. La extensión del concepto de microhistoria (Levi, 1996) en el campo de las bibliotecas, generando una especie de «microbibliotecología», puede encontrar un espacio insospechado en la instrumentalización de nuestras tareas. La comprensión plena del localismo ciudadano (la pertenencia gregaria a un barrio, a un pueblo, a un partido, a una ciudad) y el desarrollo de los estudios de la vida cotidiana en relación con las bibliotecas, puede transformar nuestro papel en las comunidades venideras. Lo humano, sin duda, lo profundamente humano subyace en la dimensión inefable y, por añadidura casi sagrada y misteriosa, de su acontecer cotidiano (Ariès y Duby, 1990-92; Certeau, 2000; Heller, 2002[1970]). La futura Bibliotecología no debería estar ausente de estos procesos de aproximación a la cultura. También es posible que a través de este acercamiento a los vínculos microbibliotecarios entre bibliotecas y usuarios, sea posible, inmersos en nuestra realidad latinoamericana, llegar a los lectores excluidos y marginados. Este puede ser un papel ineludible: dar voz y participación a «los de abajo» en el ámbito sin muros de la biblioteca. Incorporar a nuestra realidad, pues, la mirada y las inquietudes de los grupos subalternos será un desafío para la mayoría de las Ciencias Sociales (Sharpe, 1996; Guha, 2002). Dentro de este brevísimo panorama editorial, globalizado por la realidad virtual que nos modela en una revolución electrónica sin precedentes, donde surge cotidianamente una compleja variedad de prácticas diseñadas en la captura de los múltiples registros culturales, no cabe duda del cambio radical que sufrirán los antiguos principios que hasta la fecha han identificado a la Bibliotecología (Thompson, 1977; Urquhart, 1981). En consecuencia, algunos de los tópicos mencionados (otros pueden caer en el olvido, pues estos conceptos no son más que un ejercicio de prospectiva) serán de vital importancia en un tiempo no muy lejano. Es importante, entonces, enumerarlos en forma resumida: la vitalidad determinante de los si-lugares, caracterizados por un vigoroso desarrollo de la comunicación interpersonal (cara a cara); el incremento de la dimensión sociológica en nuestra responsabilidad como miembros profesionales de esas agencias sociales que son las bibliotecas (Shera, 1990; Augst y Wiegand, 2001); la necesidad de reflexionar activamente sobre la participación política del bibliotecario en su relación con el poder y la construcción de su identidad ciudadana en el campo de las Ciencias Sociales; la urgente comprensión de nuestra disciplina como un saber capaz de captar, con acierto e imaginación, la migración de los soportes impresos a las representaciones virtuales, en ese universo de «mutaciones del texto y la lectura» (Vanderdorpe, 2003); el rescate del equilibrio insoslayable entre la unidad y la diversidad en la construcción del conocimiento y la epistemología bibliotecaria; el estudio de la «microbibliotecología» en el marco de la vida cotidiana entre bibliotecarios y lectores, tanto presentes como remotos; y la conciencia de la ayuda bibliotecaria (no la responsabilidad que depende del Estado) para incorporar a los sectores subalternos en las destrezas interpretativas que generan la lectura y la escritura... constituirán, entre otros muchos, los desafíos temáticos del mañana que ya nos alcanza. Tal vez nos encontremos en el extraño punto de inflexión que Georg Simmel menciona cuando analiza ese estado que llamamos «la aventura». Lo importante en la Bibliotecología futura, al igual que en el trance azaroso de la aventura, no serán «los contenidos que se ganan o se pierden, se gozan o se sufren con ella» (2002: 40-41). Lo importante en el mundo bibliotecario del porvenir, parafraseando el pensamiento de Simmel, será precisamente vivir la dinámica de los avatares que nos depare el destino como profesionales, mas allá de la materia en sí misma, para así brindarnos la posibilidad de sentir la fuerza maravillosa de la vida y su realización plena. En este sentido, nuestra disciplina puede depararnos, en un giro único e inevitable, la circunstancia de vivir su propia aventura al mismo tiempo que su futuro.

Tomado de: Parada, Alejandro E. Hacia una futurología social de la Bibliotecología y Ciencia de la Información [Towards a Social Futurology of The Library and Information Science] En: Información, cultura, y sociedad. No. 17 (2007), pp. 5-11.

Compilado Por. Javier Mejía T.

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